Copenhague: el valor de decir no

 

Economía, Geografía, Política

Escrito por Naomi Klein

En el noveno día de la conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático, África fue sacrificada. La posición del bloque negociador del G-77, que incluye los estados africanos, había sido clara: un incremento de 2 grados centígrados en la temperatura global promedio se traduce en un incremento de 3 a 3.5 grados en África.

Esto implica, según la Alianza Pan-africana por la Justicia Climática, que “55 millones de personas adicionales podrían estar en riesgo por pasar hambruna” y “el estrés hídrico podría afectar a entre 350 y 600 millones de personas adicionales”. El arzobispo Desmond Tutu plantea así lo que está en riesgo: “Nos enfrentamos a un inminente desastre a una escala monstruosa… una meta global de cerca de 2 grados centígrados va a condenar a África a la incineración y a ningún desarrollo moderno”.

Y, sin embargo, eso es justo lo que el primer ministro de Etiopía, Meles Zenawi, propuso que se hiciera, cuando estuvo en París, de paso hacia Copenhague: parado al lado del presidente Nicolás Sarkozy, aseguró que hablaba en nombre de toda África (encabeza el grupo africano de negociaciones en torno al clima) y reveló un plan que incluye el temido incremento de 2 grados y ofreció a los países en desarrollo sólo 10 mil millones de dólares anuales para ayudar a pagar todo lo relacionado con el clima, desde diques hasta el tratamiento contra la malaria y la lucha contra la deforestación.

Es difícil creer que sea el mismo hombre que hace sólo tres meses decía: “Usaremos nuestras cifras para deslegitimar cualquier acuerdo que no sea consistente con nuestra posición base… Si se requiere, estamos preparados para retirarnos de cualquier negociación que amenace con ser otra violación de nuestro continente… No estamos dispuestos a vivir con un calentamiento global mayor al mínimo nivel evitable”.

Y también decía: “Participaremos en las próximas negociaciones, no como suplicantes que defienden su caso, sino como negociadores que defienden sus puntos de vista e intereses”.

Todavía no sabemos qué obtuvo Zenawi por cambiar su tono tan radicalmente, o exactamente cómo se va de una posición que hace un llamado a destinar 400 mil millones de dólares en financiamiento (la posición del grupo de África) a escasos 10 mil millones. De igual manera, no sabemos qué pasó cuando la secretaria estadunidense de Estado, Hillary Clinton, se reunió con la presidenta filipina Gloria Arroyo semanas antes de la conferencia y de pronto los más duros negociadores filipinos fueron echados de su delegación, y el país, que había demandado profundas reducciones del mundo rico, de pronto se alineó.

Sí sabemos, luego de observar una serie de estos discordantes y radicales cambios de opinión, que las potencias del G-8 estaban dispuestos a hacer prácticamente lo que sea por obtener un acuerdo en Copenhague. La urgencia claramente no proviene de un ardiente deseo de evitar el cataclísmico cambio climático, ya que los negociadores saben que las irrisorias reducciones de las emisiones que proponen son una garantía de que las temperaturas se incrementarán 3.9 grados, cifra “dantesca”, como la describió Bill McKibben.

Matthew Stilwell, del (Instituto para la Governanza y el Desarrollo Sustentable) –uno de los más influyentes asesores en estas pláticas–, dice que las negociaciones en realidad no tratan de evitar el cambio climático, sino son una batalla campal sobre un recurso profundamente valioso: el derecho al cielo. La cantidad de carbono que puede ser emitida a la atmósfera es limitada. Si los países ricos no consiguen reducir radicalmente sus emisiones, entonces se estarán tragando la de por sí insuficiente porción disponible para el sur. Lo que está en juego, argumenta Stilwell, es nada menos que “la importancia de compartir el cielo”.

Europa, dice, comprende cabalmente cuánto dinero será ganado en el mercado del carbono, debido a que lleva años usando el mecanismo. Los países en desarrollo, por otro lado, nunca han lidiado con restricciones de carbono, así que muchos gobiernos no se dan cuenta de lo que están perdiendo. Al contrastar el valor del mercado de carbono –1.2 billones de dólares anuales, según el destacado economista británico Nicholas Stern– con la irrisoria cantidad de 10 mil millones de dólares puestos sobre la mesa para los países en desarrollo, Stilwell dice que los países ricos intentan cambiar “cuentas y cobijas por Manhattan”. Añade: “Éste es un momento colonial. Por eso se hizo todo para que los jefes de Estado accedieran a un acuerdo de este tipo… Luego no hay vuelta atrás. Repartieron el último recurso que quedaba sin dueño y lo asignaron a los prósperos”.

Durante meses, las ONG se sumaron al mensaje de que la meta de Copenhague era “sellar el acuerdo”. A todos lados donde volteáramos en el Bella Center, los relojes hacían “tic tic tic”. Pero no bastaba cualquier acuerdo, sobre todo porque el único acuerdo sobre la mesa no resolvería la crisis climática y podría empeorar las cosas: recoger las actuales desigualdades entre el norte y el sur y sellarlas indefinidamente. Augustine Njamnshi, de la Alianza Pan-africana por la Justicia Climática, se refiere en duros términos a la propuesta de los 2 grados: “No se puede decir que se propone una ‘solución’ al cambio climático si esa solución provocará que millones de africanos mueran y si los pobres, no quienes contaminan, siguen pagando por el cambio climático”.

Stilwell dice que un acuerdo erróneo “sellaría un enfoque equivocado hasta 2020″, mucho después de la fecha límite para las emisiones pico. Pero insiste en que no es demasiado tarde para evitar el peor de los escenarios. “Preferiría esperar seis meses o un año y hacer bien las cosas, porque la ciencia avanza, la voluntad política crece, la comprensión de la sociedad civil y de las comunidades afectadas crece, y estarán preparadas para asegurar que sus dirigentes se comprometan con el acuerdo correcto.”

Al comienzo de estas negociaciones, la simple idea de un retraso era herejía ambiental. Pero ahora muchos ven el valor de reducir la velocidad y hacer bien las cosas. Fue significativo que, luego de describir lo que 2 grados implicaría para África, el arzobispo Tutu enunció que “más vale ningún acuerdo que un mal acuerdo”. Eso podría ser lo mejor que podríamos esperar de Copenhague. Sería un desastre político para algunos jefes de Estado, pero podría ser una última oportunidad para evitar el verdadero desastre para todos los demás.

© 2009 Naomi Klein. www.naomiklein.org.

Publicado primero en The Nation.

Traducción: Tania Molina Ramírez

Tomado de: http://www.jornada.unam.mx/2009/12/28/index.php?section=opinion&article=016a1mun

Imagen de: Tomás Rotger

17 de junio: Día mundial de la lucha contra la desertificación y la sequía

 

Sequía

El 17 de junio de 1994 se firmó la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD).

El 19 de diciembre de ese año, la Asamblea General de la ONU proclamó el 17 de junio como el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía. Se invitó a los Estados a que dedicaran el Día Mundial a sensibilizar la opinión pública respecto de la necesidad de cooperación internacional para luchar contra la desertificación y los efectos de la sequía y respecto de la aplicación de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación.

La Desertificación es la degradación de las tierras de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores, tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas.

La desertificación no es un problema aislado, sino que está plenamente relacionado con los cambios climáticos, la conservación de la biodiversidad y la necesidad del manejo sustentable de los recursos naturales. Los vínculos entre estos aspectos y los factores socioeconómicos son cruciales, pues la problemática de la desertificación es un síntoma de ruptura del equilibrio entre el sistema de recursos naturales y el sistema socio-económico que los explota.

Ryan y la desertificación en África

Una de las zonas con mayor problemática debido a la desertificación es África, dos tercios del continente son desierto o zona árida. Comprende extensas zonas agrícolas áridas, de las cuales casi tres cuartos ya se han degradado en alguna medida.

La región se ve castigada por graves y frecuentes sequías. Muchos países africanos dependen de sus recursos naturales para la subsistencia. La desertificación de África está fuertemente vinculada a la pobreza, la migración y la seguridad alimentaría.

Ryan HreljacEn enero de 1998, Ryan Hreljac, un niño canadiense de tan solo 6 años, escuchó de boca de su maestra de primer grado que en África habían cientos de miles de niños que no disponían de agua potable para beber o que debían caminar muchos kilómetros todos los días, solamente para buscar agua potable, el elemento mas básico para la sobrevivencia.

Quedó impactado ¿Cómo podía existir un hogar, una familia en la que los niños no tuvieran una simple llave para lavarse, cocinar o simplemente beber un vaso de agua fresca? Su corazón era lo suficientemente grande como para conmocionarse ante el sufrimiento de niños como él que no disponían ni de un vaso de agua.

La maestra también les aseguró que simplemente con 70 dólares, se podía construir un pozo. Ryan comenzó a maquinar cómo ganar esa cantidad.

Les contó a sus padres que necesitaba 70 dólares. Susan, su madre, le propuso que realizara tareas domésticas para ganarlos. Ryan pasó la aspiradora y limpió cristales para ganar, dólar a dólar, la cantidad que necesitaba. Tardó cuatro meses.

Cuando llevó su donativo a las oficinas de la organización Watercan para entregar su donativo, la directora, Nicole Bosley le explicó que con 70 dólares se podría comprar solamente una bomba manual. Para perforar el pozo hacían falta 2000 dólares. Sin perturbarse, Ryan contestó: “pues tendré que hacer más tareas”.

Nicole le comentó que contaban con la ayuda de la Agencia Canadiense para el Desarrollo Internacional, que donaría dos dólares por cada dólar de Watercan. Ryan sólo necesitaba recaudar 700 dólares para su pozo. A pesar de ser una gran cantidad para un niño de su edad, Ryan no se rindió, siguió trabajando y consiguió donativos a través del colegio, de sus amigos y de su familia.

Cuando había recaudado los 700 dólares, Nicole le invitó a conocer a Gizaw Shibru, director para Uganda de una organización de médicos canadiense. Shibru le ofreció que eligiese dónde quería construir el pozo. Ryan quería que estuviera cerca de una escuela.

Shibru le habló del pueblo de Angolo, al norte de Uganda, en donde el agua más cercana a la escuela se encontraba a cinco kilómetros de distancia. Angolo además había sufrido trece años de guerrilla y varios años de sequía, además de tener que luchar con enfermedades como el SIDA, el tifus, la diarrea y otras enfermedades provocadas por la falta de agua potable. En Angolo, uno de cada cinco niños moría antes de cumplir los cinco años.

Ryan se había entusiasmado tanto con el proyecto que su objetivo ahora era más ambicioso: “quiero que todos los africanos tengan agua limpia”, confesó.

Susan, su madre, ayudó a Ryan en este último desafío. Un canal de televisión divulgó la historia y a continuación se publicaron varis artículos en los periódicos. Empezaron a llegar cheques. La maestra de Ryan colocó una urna en el salón donde metían donativos y Ryan vendió agua embotellada para recaudar fondos.

Ryan no tuvo que esperar mucho tiempo para visitar Uganda. Un vecino, que se quedó impresionado por la dedicación y entrega de Ryan a la causa, donó a la familia el importe de varias millas aéreas, un periódico local publicó varios artículos solicitando ayudas para pagar el trayecto de más millas aéreas y la organización Watercan también colaboró.

En julio de 2000 Ryan y sus padres viajaron a Angolo. Ryan vio asombrado a 5,000 niños colocados a ambos lados del camino hacia la escuela que gritaban: ¡Ryan, Ryan, Ryan! “¡Saben mi nombre!”, exclamó asombrado y emocionado.

Llegaron por fin al pozo, que se encontraba junto al huerto de la escuela. Allí se podía leer: “El pozo de Ryan, financiado por Ryan Hreljac para los niños de la escuela primaria de Angolo”.

Los primeros 70 dólares recaudados por Ryan han crecido hasta alcanzar 750,000 dólares recaudados por la Fundación Ryan’s Well, que ha financiado proyectos de agua limpia y otros servicios sanitarios para pueblos de Nigeria, Tanzania, Malaui y Etiopía, además de Uganda.

Ryan sigue trabajando con su familia para hacer realidad su sueño: conseguir que todos los niños africanos tengan acceso a agua limpia. Durante la Cumbre sobre Desarrollo Sostenible, celebrada en julio de 2002 en Johannesburgo, Sudáfrica, Ryan fue uno de los expertos de la organización UNICEF que habló sobre el agua, salud y pobreza.

Además Ryan participo también en el Foro Mundial sobre el Agua celebrado en Kyoto en marzo del 2003 y la Organización Mundial de la Salud le ha pedido que trabaje en proyectos para niños.

Ryan se ha dirigido a pequeños salones de clases pero también a miles de personas en las escuelas, clubes cívicos, universidades y conferencias, siempre llevando el mensaje de que todas las personas, no importa donde vivan, merecen tener este servicio tan imprescindible que la mayoría de nosotros damos por seguro “el agua potable”.

Ese compromiso conmovedor de Ryan con África a tan temprana edad y estando tan lejos le ha traído mucha publicidad desde que comenzó su misión. Aunque Ryan es realmente un poco tímido (hasta que llegan a conocerlo) este tipo de atención le agrada pues de esta forma las dificultades de África también reciben publicidad a través de su historia.

Muchas personas han oído ya su mensaje a través de sus charlas, entrega de premios, entrevistas en programas de televisión y cientos de artículos en revistas, periódicos y en la red.

Los asociados y apoyadores de Ryan incluyen agencia de gobierno, varias organizaciones técnicas en el campo, compañías del sector privado y filántropos. Ryan también ha llevado su mensaje del “poder de uno” a muchas personas influyentes, incluyendo ecologistas destacados, jefes de estado, la realeza y lideres religiosos.

Cuando alguien se admira por todos sus logros Ryan contesta: “Soy un niño normal”. Y es cierto. A Ryan le gusta jugar al fútbol, al baloncesto y al hockey. También le gusta la natación. Tiene dos hermanos, Jordan y Keegan, que, junto a sus padres, colaboran en la Fundación Ryan’s Well, y en la que trabajan voluntariamente desde su casa, con su sencillo ordenador, en sus ratos libres, después de asistir al colegio y a sus respectivos trabajos.

Referencias:

www.unesdoc.unesco.org

www.corazonistas.com/documentos/rinconmaestro

Imagenes de: Ozyman

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